Rima XI, Gustavo Adolfo Bécquer

– Yo soy ardiente, yo soy morena, yo soy el símbolo de la pasión, de ansias de goces mi alma esta llena. A mi me buscas?

– No es a ti, no.

– Mi frente es pálida, mis trenzas de oro; puedo brindarte dichas sin fin. Yo de ternura guardo un tesoro. A mi me llamas?

– No; no es a ti.

– Yo soy un sueño, un imposible, vano fantasma de niebla y luz. Soy incorpórea, soy intangible, no puedo amarte.

– ¡Oh, ven; ven tú!

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Un pensament sobre “Rima XI, Gustavo Adolfo Bécquer

  1. Furias y penas.

    En el fondo del pecho estamos juntos,
    en el cañaveral del pecho recorremos
    un verano de tigres,
    al acecho de un metro de piel fría,
    al acecho de un ramo de inaccesible cutis, con la boca olfateando sudor y venas verdes nos encontramos en la húmeda sombra que deja caer besos.
    Tú mi enemiga de tanto sueño roto de la misma manera que erizadas plantas de vidrio, lo mismo que campanas deshechas de manera amenazante, tanto como disparos de hiedra negra en medio del perfume, enemiga de grandes caderas que mi pelo ha tocado con un ronco rocío, con una lengua de agua, no obstante el mudo frío de los dientes y el odio de los ojos, y la batalla de agonizantes bestias que cuidan el olvido, en algún sitio del verano estamos juntos acechando con labios que la sed ha invadido.
    Si hay alguien que traspasa
    una pared con círculos de fósforo
    y hiere el centro de unos dulces miembros y muerde cada hoja de un bosque dando gritos, tengo también tus ojos de sangrienta luciérnaga capaces de impregnar y atravesar rodillas y gargantas rodeadas de seda general.
    Cuando en las reuniones
    el azar, la ceniza, las bebidas,
    el aire interrumpido,
    pero ahí están tus ojos oliendo a cacería,
    a rayo verde que agujerea pechos,
    tus dientes que abren manzanas de las que cae sangre,
    tus piernas que se adhieren al sol dando gemidos,
    y tus tetas de nácar y tus pies de amapola,
    como embudos llenos de dientes que buscan sombra,
    como rosas hechas de látigo y perfume, y aun,
    aun más, aun más,
    aun detrás de los trajes y los viajes, en las calles donde la
    gente orina,
    adivinas los cuerpos,
    en las agrias iglesias a medio destruir, en las cabinas que el
    mar lleva en las manos, acechas con tus labios sin embargo floridos, rompes a cuchilladas la madera y la plata, crecen tus grandes venas que asustan: no hay cáscara, no hay distancia ni hierro, tocan manos tus manos, y caes haciendo crepitar las flores negras.
    Adivinas los cuerpos!
    Como un insecto herido de mandatos, adivinas el centro de la sangre y vigilas los músculos que postergan la aurora, asaltas sacudidas, relámpagos, cabezas, y tocas largamente las piernas que te guían.
    Oh, conducida herida de flechas especiales!
    Hueles lo húmedo en medio de la noche?
    O un brusco vaso de rosales quemados?
    Oyes caer la ropa, las llaves, las monedas en las espesas casas donde llegas desnuda? Mi odio es una sola mano que te indica el callado camino, las sábanas en que alguien ha dormido con sobresalto: llegas y ruedas por el suelo manejada y mordida, y el viejo olor del semen como una enredadera de cenicienta harina se desliza a tu boca.
    Ay leves locas copas y pestañas,
    aire que inunda un entreabierto río
    como una sol- paloma de colérico cauce,
    como atributo de agua sublevada,
    ay sustancias, sabores, párpados de ala viva
    con un temblor, con una ciega flor temible,
    ay graves, serios pechos como rostros,
    ay grandes muslos llenos de miel verde,
    y talones y sombra de pies, y transcurridas
    respiraciones y superficies de pálida piedra,
    y duras olas que suben la piel hasta la muerte
    llenas de celestiales harinas empapadas.
    Entonces, este río
    va entre nosotros, y por una ribera
    vas tú mordiendo bocas?

    Entonces es que estoy verdaderamente, verdaderamente lejos
    y un río de agua ardiendo pasa en lo oscuro?
    Ay cuántas veces eres la que el odio no nombra,
    y de qué modo hundido en las tinieblas,
    y bajo qué lluvias de estiércol machacado
    tu estatua en mi corazón devora el trébol.

    El odio es un martillo que golpea tu traje
    y tu frente escarlata,
    y los días del corazón caen en tus orejas
    como vagos buhos de sangre eliminada,
    y los collares que gota a gota se formaron con lágrimas
    rodean tu garganta quemándote la voz como un hielo.

    Es para que nunca, nunca
    hables, es para que nunca, nunca
    salga una golondrina del nido de la lengua
    y para que las ortigas destruyan tu garganta
    y un viento de buque áspero te habite.

    En dónde te desvistes?
    En un ferrocarril, junto a un peruano rojo
    o con un segador, entre terrones, a la violenta
    luz del trigo?
    O corres con ciertos abogados de mirada terrible
    largamente desnuda a la orilla del agua de la noche?
    Miras: no ves la luna ni el jacinto
    ni la oscuridad goteada de humedades,
    ni el tren de cieno, ni el marfil partido:
    ves cinturas delgadas como oxígeno,
    pechos que aguardan acumulando peso
    e idéntica al zafiro de lunar avaricia
    palpitas desde el dulce ombligo hasta las rosas.

    Por qué sí? Por qué no? Los días descubiertos
    aportan roja arena sin cesar destrozada
    a las hélices puras que inauguran el día,
    y pasa un mes con certeza de tortuga,
    pasa un estéril día,
    pasa un buey, un difunto,
    una mujer llamada Rosalía,
    y no queda en la boca sino un sabor de pelo
    y de dorada lengua que con sed se alimenta.
    Nada sino esa pulpa de los seres,
    nada sino esa copa de raíces.

    Yo persigo como en un túnel roto, en otro extremo
    carne y besos que debo olvidar injustamente,
    y en las aguas de espaldas, cuando ya los espejos
    avivan el abismo, cuando la fatiga, los sórdidos relojes
    golpean a la puerta de hoteles suburbanos, y cae
    la flor de papel pintado, y el terciopelo cagado por las ratas
    la cama
    cien veces ocupada por miserables parejas, cuando
    todo me dice que un día ha terminado, tú y yo
    hemos estado juntos derribando cuerpos,
    construyendo una casa que no dura ni muere,
    tú y yo hemos hecho temblar otra vez las luces verdes
    y hemos solicitado de nuevo las grandes cenizas.

    Recuerdo sólo un día
    que tal vez nunca me fue destinado,
    era un día incesante,
    sin orígenes, Jueves.
    Yo era un hombre trasportado al acaso
    con una mujer hallada vagamente,
    nos desnudamos
    como para morir o nadar o envejecer
    y nos metimos uno dentro del otro,
    ella rodeándome como un agujero,
    yo quebrantándola como quien
    golpea una campana,
    pues ella era el sonido que me hería
    y la cúpula dura decidida a temblar.

    Era una sorda ciencia con cabello y cavernas
    y machacando puntas de médula y dulzura
    he rodado a las grandes coronas genitales
    entre piedras y asuntos sometidos.
    Éste es un cuento de puertos adonde
    llega uno, al azar, y sube a las colinas,
    suceden tantas cosas.

    Enemiga, enemiga
    es posible que el amor haya caído al polvo
    y no haya sino carne y huesos velozmente adorados
    mientras el fuego se consume
    y los caballos vestidos de rojo galopan al infierno?

    Yo quiero para mí la avena y el relámpago
    a fondo de epidermis,
    y el devorante pétalo desarrollado en furia,
    y el corazón labial del cerezo de junio,
    y el reposo de lentas barrigas que arden sin dirección,
    pero me falta un suelo de cal con lágrimas
    y una ventana donde esperar espumas.

    Así es la vida,
    corre tú entre las hojas, un otoño
    negro ha llegado,
    corre vestida con una falda de hojas y un cinturón de metal amarillo,
    mientras la neblina de la estación roe las piedras.
    Corre con tus zapatos, con tus medias,
    con el gris repartido, con el hueco del pie, y con esas mannos
    que el tabaco salvaje adoraría,
    golpea escaleras, derriba
    el papel negro que protege las puertas,
    y entra en medio del sol y la ira de un día de puñales
    a echarte como paloma de luto y nieve sobre un cue4rpo.

    Es una sola hora larga como una vena,
    y entre el ácido y la paciencia del tiempo arrugado
    transcurrimos,
    apartando las sílabas del miedo y la ternura,
    interminablemente exterminados.

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